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viernes, 2 de octubre de 2009

Y en mi alma amaneció

El relato de mi parto

El martes 15 de septiembre ingresé en el hospital a las 8 de la mañana; estaba muerta de miedo ante lo desconocido. A las 10 me visitó la ginecóloga, me hizo un tacto y me dijo que continuaba teniendo el cuello del útero intacto, es decir, que no había trabajo de parto ninguno. Nos explicó a Joan y a mí el procedimiento al que iban a someterme para inducirme el parto, y tuve que firmar una hoja de consentimiento informado. Y a las 10 y media me introdujeron en la parte más alta de la vagina, junto al cuello del útero, la tira de prostaglandinas.

Al cabo de una hora comencé a sentir contracciones, eran flojitas y estuvieron monitorizándome durante una hora. Como no había dinámica de parto propiamente dicha me aconsejaron que caminara mucho; así que me tiré un par de horas caminando por los pasillos del hospital, a ratos con mi madre y a ratos con Joan. A la hora de la comida, sobre las 2, las contracciones comenzaron a ser más fuertes, pero siempre absolutamente irregulares en cuanto al tiempo. Después de comer continué caminando por los pasillos, y a eso de las 5 de la tarde ya tenía contracciones cada minuto; empezaban a ser durillas, y en todo momento me recordaban mi madre y Joan que respirara, ya que me iba desesperando y se me olvidaba; pedí que volvieran a monitorizarme, y entonces se vio que efectivamente las contracciones eran mucho más regulares e intensas, y en otro tacto comprobó la ginecóloga que el cuello del útero se había reblandecido al fin, pero no estaba dilatada para nada.

Me encontraba bastante mal, hubo un momento que comencé incluso a llorar de dolor porque aquellas contracciones no cesaban, y no tenía tiempo para recuperarme físicamente entre una y otra. Me mareaba, estaba empapada en sudor y vomité.

Decidieron retirarme la tira de prostaglandinas para ver si las contracciones cesaban o si por el contrario el trabajo de parto continuaba. Estaba tan deshecha que por una parte deseaba que aquello parara un poco para poder recuperarme, aunque eso supusiese una demora. Pero no cesaron. Continuaron siendo cada minuto y entonces decidieron bajarme a una sala de dilatación.

Sólo podía acompañarme una persona, la idea era que fuese Joan, pero me encontraba tan mal que quise que entrara mi madre; sé que ni la comadrona ni las enfermeras lo entendieron porque intentaron que cambiara de idea, pero yo me sentía morir y necesitaba a mi madre conmigo; además, sabía que mi madre entendía perfectamente lo que yo estaba pasando; Joan se portó muy bien y no puso ninguna pega.

Las horas que pasé en la sala de dilatación se me desdibujan en la memoria. Era una habitación muy pequeña, sin ventanas, y hacía mucho calor. Me pusieron un camisón de esos que se cierran por detrás y por los hombros, y allí me quedé con mi madre a solas durante casi todo el tiempo en espera de la tan deseada dilatación. Fueron unas horas muy largas, volví a vomitar, y a los sudores fríos se le unió un tembleque muy fuerte, que tan pronto necesitaba taparme con la sábana como destaparme y pedir a mi madre que me abanicara; al rato de hacerme una exploración en la que me dijeron que el cuello ya se había abierto dos centímetros, sentí como si me hubiera orinado encima, pero se trataba de la bolsa de aguas, que se había roto. El líquido era claro, lo cuál era una buena señal de que el bebé estaba bien.

A partir de ahí todo fue por suerte muy rápido; pronto estaba en 4 centímetros, me preguntó la matrona si quería epidural, yo la suplicaba de hecho que me la pusieran ya por favor, y ella me dijo que vale, pero que cuando comenzara el periodo de expulsión me bajarían la dosis para que pudiera sentir las contracciones y empujar. Le dije que por mí no había problema, pero que por Dios, me pusieran algo que me permitiera descansar un poco, porque me encontraba exhausta y temía no tener fuerzas para empujar cuando llegara el momento. Me pusieron en ese momento una vía con suero porque estaba bien deshidratada y exhausta.

Me pusieron también un enema, que lejos de incordiarme me alivió bastante, y sobre las 10 de la noche nos dijeron que tardaría aún unas 10 horas en terminar. Pasó sólo una hora, los dolores eran insoportables, y la matrona volvíó a explorarme; sorpresa: estaba dilatada de 8 centímetros y ya no había posibilidad de poner ninguna anestesia. Cuando escuché aquello creí morir; dijo que ya quedaba muy poco, y que de hecho lo que quedaba era lo más fácil y lo menos doloroso; mi madre le dijo que de eso nada, que lo que quedaba era lo peor, y por un momento medio discutieron. La comadrona se molestó y se fue, y en su lugar vino una ginecóloga a atender el parto.

Pronto sentí durante una de las contracciones ganas de empujar, y en seguida la enfermera convirtió la cama en la que estaba tumbada en un potro, sacaron unos estribos para que apoyara los pies y me dio por arrancarme en plan superman el camisón aquel y quedarme prácticamente desnuda. Con cada contracción y pujo creía morir, pero pensaba “tengo que traer al mundo a mi hijo” y con esa idea en el centro de mi mente empujaba lo más fuerte que podía.

Pasó una hora y media. El bebé había descendido pero no lo suficiente; y la ginecóloga decidió utilizar una ventosa para terminar ya con aquel suplicio. Cuando la metió dentro de mi vagina me incorporé en la cama, no sé cómo ni con qué fuerzas, y chillé como loca que me sacara aquello, que me moría del dolor, pero tanto la ginecóloga, como la enfermera y mi madre me decían que no me moría y que empujara fuerte que ya estaba el bebé aquí. Me dijo que si quería tocarle la cabeza pero yo tenía miedo de que al incorporarme el bebé volviera a subir, y le dije que no, pero mi madre se asomó y vio que efectivamente ya estaba allí.

Y ya todo fue muy rápido. De repente sentí entre las piernas un calor muy agradable, el mismo calor que se siente en la piel cuando alguien nos toca, y noté cómo resbalaba algo muy rápido desde dentro hacia fuera de mí. Y de golpe y porrazo, tenía a mi bebé sobre mi barriga, mirándome con los ojos muy abiertos y con cara de sorpresa. Estaba moradito y mojado, brillante, y me pareció muy largo. Fue tan sorprendente que apenas podía relacionar los dolores que llevaba horas sintiendo con la personita que de pronto y como por arte de magia me miraba desde mi barriga. Me salió del alma decirle “bienvenido”. Me pareció que se parecía mucho a su padre, y me fijé también en que tenía unos pies muy grandes. Y le conté los dedos, de las manos y de los pies, no sé por qué extraña razón esto me parecía muy importante. La enfermera dijo en voz alta que eran las doce y veinte del 16 de septiembre.

Vino otra contracción pero ya no me pareció siquiera que doliese, apenas empujé un poquito y salió la placenta. Esto sí que fue sorprendente, qué aspecto más raro, parecía un filete de hígado enorme. La ginecóloga cortó el cordón umbilical y se llevaron a Adrián a una mesita que había al lado para pesarle, medirle, ponerle una inyección de vitamina K, y probablemente más cosas que entre la sorpresa y el agotamiento ni me enteré. Mientras tanto, la ginecóloga me cosió tres puntos internos, por suerte me había librado de la episiotomía. Yo no podía apartar la vista de Adrián, estaba francamente alucinada, y la enfermera me dijo que por fin me veía sonreír después de tantas horas. Me lo pusieron al pecho pero no se cogió, en su lugar no paraba de hacer ruiditos como de quejas, no llegaba a llorar pero parecía bien fastidiado de que le hubieran sacado así a las bravas. Las cuatro mujeres que estábamos dentro de aquel paritorio (mi madre, la ginecóloga, la enfermera y yo) comenzamos a darnos besos y enhorabuenas, fue un momento muy bonito.

Y mientras intentábamos que se cogiera al pecho, vino la comadrona con todo el papeleo del hospital, pero yo estaba como flotando y prácticamente no me enteré de nada de lo que me dijo.

Me pasaron con el bebé a otra cama para subirme a planta, y mi madre salió a avisar a Joan, pero por desgracia no estaba en la sala de espera. Una vez llegamos a la habitación, el papá del otro bebé con quien compartíamos habitación, se bajó a dar una vuelta por el hospital a ver si lo veía, pero tampoco le encontró. Se me encogió el corazón al ver que no lo encontrábamos. Además, una enfermera me cogió al bebé y me dijeron que se lo llevaban al nido a pasar la noche para tenerle en observación. La razón era triple: bajo peso (2590 gr), parto con ventosa y escaso líquido amniótico. Por fin conseguimos un teléfono móvil y mi madre llamó a Joan y le dijo que Adrián ya había nacido. Al parecer se había ido a dormir al coche, ya que esperaba que el parto durara 10 horas como nos habían dicho en un principio. El pobrecillo se pegó un buen susto, y sé que le supo muy mal no haber estado en la sala de espera cuando salió mi madre a avisarle.

Pasé toda la noche en vela, incapaz de dormir, excitada por todo lo que había vivido y preocupada por el bebé. Mi madre se quedó en la butaca de la habitación, pero creo que tampoco durmió, y Joan se bajó otra vez al coche. Antes de bajar entró en el nido para conocer a su hijo, y estuvo un ratito con él.

Aquí empezó la pesadilla del hospital, en el que estuvimos 5 días encerrados y del que salimos el domingo 20 firmando un alta voluntaria porque ya no podíamos más. Esta parte de la historia, la dejo para la próxima entrada.



lunes, 14 de septiembre de 2009

40 Semanas

Pues deseo cumplido, aunque ni de lejos como yo esperaba; mañana me ingresan para inducirme el parto. Esta mañana estuve en el hospital, me hicieron la prueba de monitorización fetal, un tacto del cuello del útero y una ecografía, y parece que el bebé está bien de talla pero bajo de peso (la ginecóloga calcula que unos 2 kilos 600 gr.); además parece también que el líquido amniótico comienza a escasear. Ella ha escrito en la solicitud de ingreso "sospecha de CIR" (crecimiento intrauterino retardado); dice que si estuviera de menos semanas, esperaríamos a ver qué tal se desarrollaba el niño, pero que estando ya cumplida, no tiene sentido esperar más.

Me ha explicado que primero me pondrán una tirita en el cuello del útero con prostaglandinas, a ver si esto produce contracciones de parto. De no ser así, en unas 12 horas, me pondrían un goteo con oxitocina sintética. En principio no se sabe cuánto tardaré en ponerme de parto, puede pasar todavía un día o dos.

No os voy a mentir, estoy hecha polvo; por un lado me da muchísima pena que todo vaya a terminar de esta manera tan artificial, por otro lado estoy muerta de miedo porque no sé qué me espera exactamente, pero sí me han dicho que es duro y posiblemente largo, ya que parto de 0, pues en el tacto que me ha hecho la ginecóloga estoy bastante "verde"; tengo el cuello del útero intacto. Y por otro lado me preocupa mucho la salud de mi bebé, que si bien me han dicho que sólo es un problema de peso, que en principio todo lo demás está bien, necesito verlo para creerlo.

No sé bien cuándo podré volver a escribir, pero lo antes posible os daré noticias.

viernes, 11 de septiembre de 2009

39 Semanas

Hoy termina la que podría ( y desearía) que fuera la última semana de embarazo, mañana es 12 de septiembre, el día D. En realidad hace ya al menos un par de semanas que estoy preparada para lo que pudiera pasar, en cualquier momento el bebé podría nacer, pero parece que las cuentas se van a cumplir.

Las molestias continúan in crescendo, contracciones durante todo el día pero irregulares, y por la noche, en cuanto comienzo el paseíto, se vuelven muy frecuentes y dolorosas, aunque el dolor es bastante soportable. El dolor de la contracción se me irradia hacia los riñones, y cuando termino de cenar sólo puedo irme a la cama de lo mucho que me duelen la espalda y las piernas.

Ayer jueves estuvimos en la matrona, era la última visita. Me dio los resultados de la prueba del estreptococo, ha dado negativo, por lo que no tendrán que ponerme antibióticos el día del parto. La altura del útero está ahora en 37 cm, el latido fetal era de 136 pulsaciones por minuto, y los kilos engordados en total durante el embarazo son 6,100 gr. Le conté las molestias que siento y me dijo que todo era normal y que no querían decir nada (yo confiaba en que los dolores púbicos fueran debidos a que el cuello del útero se estuviera borrando, pero parece que no tiene por qué). No me exploró ni tampoco me pudo decir que el bebé estuviera ya encajado; dijo que no hacía falta saberlo y que para qué me iba a molestar. Y me dió cita para el próximo lunes en el Hospital de Maó en caso de que todavía no hubiera dado a luz para hacer la prueba de monitorización fetal. Sinceramente, espero no llegar al lunes con bombo, porque desplazarme 45 kms. al hospital no me apetece ni lo más mínimo, ya que aunque todavía conduzco, casi nunca lo hago más de 10-15 minutos.

El miedo tan intenso que sentía hacia el parto comienza a diluírse, y está siendo sustituído por un deseo muy grande de ver ya a mi hijo y tenerle en mis brazos. Me parece que veo recién nacidos por todas partes, y sueño cada noche que ya está con nosotros. El parto comienza a parecerme un trámite molesto pero necesario, y el resultado es lo que verdaderamente importa.

domingo, 6 de septiembre de 2009

38 Semanas

El domingo pasado llegó mi madre desde Madrid, y ahora ya no estoy sola todo el día, lo cuál me ha dado mucha tranquilidad porque tengo con quién comentar cada nuevo síntoma que aparece, que estas últimas dos semanas estoy viendo que son muchos. Además, ella está haciendo todo el trabajo duro de la casa, con lo que yo estoy mucho más descansada. El papi además está impresionado de lo mucho que está creciendo la barriga estos últimos días, anoche llegó a decir que su tamaño era desproporcionado, jajajajajaja!

Desde que llegó he retomado los paseos al anochecer, que desde junio no había vuelto a caminar, entre que estaba sola y el calor que hacía, este verano ha sido poco productivo en este sentido. Caminamos junto al mar alrededor de una hora, y prácticamente desde que empiezo a caminar, comienzan las contracciones; yo que me quejaba de no tener contracciones de Braxton Hicks, estas últimas semanas las tengo a todas horas, pero sobre todo de noche; en realidad me he dado cuenta de que ya las tenía en el séptimo mes, pero las confundía con movimientos del bebé; pensaba que el bebé se estiraba de brazos y piernas a la vez y que por eso se tensaba de aquella manera la barriga... cosas de primeriza!

Algunas de estas contracciones comienzan a ser francamente dolorosas, y también noto una presión muy fuerte en el pubis, que en ocasiones irradia dolor hacia la parte baja de la espalda; por lo que he leído, se trata de la cabeza del bebé, que ya debe estar encajada y "pidiendo pista". En ocasiones tengo que dejar lo que esté haciendo y pararme, o sentarme, hasta que el dolor pasa, y consulté con la matrona qué quería decir esto de tener tantas contracciones y molestias mientras caminaba; me explicó que se trataba de "contracciones por irritación" y que debía bajar el ritmo o sentarme cuando esto ocurriera; también me dijo que si me frotaba mucho la barriga (en plan lámpara de Aladino jejeje) se produciría una contracción.

El miércoles retomamos las clases de preparación al parto, que durante todo el mes de agosto no tuvimos porque la matrona hizo vacaciones, y fue bastante bien; por primera vez pude practicar el ejercicio del expulsivo que tanto me angustiaba (llegar al momento del parto sin saber empujar eficazmente) y aunque lo hago todo bien, hay un pequeño detalle, y es que no logro hacer descender bien mi diafragma, de manera que en mitad de la barriga me sobresale un "churrillo" cuando empujo, que según la matrona es el intestino (y yo creía que era la espalda del bebé puesto de lado...); varias veces lo intenté y el churrillo siempre ahí. Tengo que seguir practicando...

Y durante la hora de teoría nos puso un video de un parto (absolutamente explícito) que cuando terminó y nos preguntó qué nos había parecido, quedamos todos en silencio y bastante pálidos. A mí me daban ganas de escaparme por la ventana pero... creo que ya no hay otra salida . Era tan emocionante y bonito como impresionante y duro. Pudimos aclarar algunas dudas que a mí me quitaban el sueño, por ejemplo, nos explicó que no iban a rasurarnos el pubis como se hacía antes, que lo de ponernos un enema tampoco era por sistema (dijo que al hacernos el tacto vaginal, podían notar con la parte de detrás de los dedos si había masa fecal en el recto, y en ese caso nos "sugerían" ponernos uno para que en el momento de empujar no saliera aquello también), nos explicó el tema de la epidural, que si bien quitaba el dolor, también nos quitaría libertad porque ya quedaríamos inmovilizadas en la cama con la vía de suero y medicamentos, la de la propia anestesia, y monitorizadas para controlar las constantes vitales del bebé; también le pregunté cuánta gente estaría presente durante el periodo de expulsión; dijo que si se trataba de un parto vaginal sin complicaciones, sólo la matrona y el papá de la criatura, lo cuál me tranquilizo porque me imaginaba ahí espatarrada delante de 6 ó 7 personas y no me apetecía nada en absoluto. Nos explicó que en el hospital de Mahón se podía dar a la luz en otras posturas que no fuera la típica tumbada en el potro (de tortura, porque madre mía...) y nos dijo que esto era algo que tendríamos que negociar con la matrona que estuviera de guardia, ya que no todas están a dispuestas a andar agachadas en caso de que queramos parir en cuclillas (por supuesto si nos han puesto la epidural, de cuclillas nada, sentadas como mucho). Además, pariendo en cuclillas es imposible que la matrona nos proteja el periné, ya que no puede meter la cabeza ahí debajo. Y hablando del periné, la temida episiotomía. Al parecer tampoco es una práctica sistemática, sólo se hace cuando la matrona ve que el periné va a desgarrarse.

En fin, el tema parto ocupa prácticamente la mitad de mis pensamientos diarios, por una parte estoy cagada, pero por otra estoy deseando que suceda ya de una vez, visto que otra no me queda, y tener a Adrián en brazos después de tantos meses imaginando cómo será.